Pocas figuras públicas de los últimos tiempos han suscitado tanto interés, y apasionamiento junto a tan diversas interpretaciones de su ideario.
El Che se convirtió en símbolo y referente imprescindible para los militantes revolucionarios y antiimperialista de todo el mundo.
El imperialismo se percató aun antes de su muerte del poder movilizativo que generaba como símbolo de lucha y es por ello que la industria cultural y propagandística crea una operación ideológica muy refinada y monstruosa, los medios de comunicación y la industria de la cultura transformaron la figura del Che en un mito, con el fin de desvanecer en atributos secundarios el sentido esencial de su vida y pensamiento revolucionario.
Esa imagen falseada la multiplicaron en formas disimiles; fabricaron incluso diversos objetivos de consumo temporal, para saturar el mercado y tratar de desgastarla. Una de las coartadas implícitas en esa operación ideológica pretendía convertir el mito-Che en una imagen para adorar, para satisfacer nostalgias o frustraciones individuales. Se buscó producir el rechazo y la maldición, acorde con los integrantes satánicos de ese mito fabricado por sus adversarios.
También sectores de la izquierda reaccionaron de manera equivocada después de la muerte del Che: primero fue la exaltación retórica y acrítica; más tarde pesaron al culto renacentista del héroe y al rechazo o el olvido de los aspectos claves de su pensamiento.
En consecuencia, ni su pensamiento, ni sus posiciones, ni el significado más hondo de su ejemplo de vida, tan debatidos entre la izquierda y la derecha y en el interior de ambas fuerzas políticas, han sido suficiente esclarecidas.







