¿Quién puede creer que nosotros padecemos de estrés? Ese nos resulta un término muy, pero que muy ambiguo, sin sentido, ya superado.
No es posible ni siquiera pensar que nosotros estemos fatigados pues si así fuese el mundo estaría perdido… Basta con que nos observen para darse cuenta de que no padecemos de ninguna debilidad física o psíquica, y mucho menos de que hemos perdido el apetito o que somos bajo peso: ¡bien rellenitas las unas! (que por cierto no me explico cómo no se caen para atrás) y glotones los otros (desde temprano concentrados en la comida), y todos con una aptitud física y mental envidiables, a prueba de cualquier bloqueo, trauma, error, escasés, polémica, sufrimiento y carrera: ¡estamos cujeados con el diario bregar y muy llenos de fe, esperanza y caridad.
¿Qué viajar y divertirse por el mundo (se quejan algunos por aquí y no me explico), es estrés-ante?… ¡Bueno chico si eso se ha convertido en deporte nacional donde queremos coger la medalla de oro!; y todos tenemos bien claro desde hace buen rato que ese deporte aunque a-gota no incomoda a nadie. Tampoco nuestra conocida reacción de lucha o huida puede confundirse como consecuencia de algún factor estresante, dado a que estamos acostumbrados a un constante estado de alerta que no encuentra parangón en el mundo: es nuestra idiosincrasia, ADN puro (DNA por sus siglas en inglés): desde que somos embriones quedamos hechizados con mamá que se las arreglará para resolverlo todo, sin importar los contratiempos.
Por eso como somos únicos lo nuestro es superior: es cuatro para arriba, no estrés. ¡Y lo superamos!
autor: Leonardo H.G.






